"Tengo que dejarte ir": lo que un despido realmente remueve (parte 2)
Desde el lado de quien despide. ¿Quién nombra la culpa, la angustia, la tentación de volverse frío para no sentir nada?

Desde el lado de quien despide.
En el artículo anterior dijimos lo que nadie quiere nombrar: ser despedido duele. No por la frase. Ni por el trámite. Duele porque te saca de lugar, te expone, toca tu narcisismo, tu vergüenza, tus fantasmas de no haber sido suficiente. Y lo peor: nadie lo habla. Solo te dicen que "no era personal". Leer la primera parte
También dijimos que ese guion rápido y limpio que muchas empresas repiten no ayuda. Porque un despido no es solo un corte laboral. Es un duelo. Y si no se elabora, se vuelve trauma.
¿Y del otro lado qué?
¿Quién nombra la culpa, la angustia, la tentación de volverse frío para no sentir nada? Porque despedir también remueve. Y si no se piensa, también se defiende— a veces con poder, a veces con distancia, a veces con silencios que pesan más que mil palabras.
Los que despiden también sienten
Tú también lo sientes. Aunque lo disimules. Aunque ensayes cada frase para "no hacerlo peor".
Despedir a alguien no es solo comunicar una decisión. Es romper un vínculo. Es causar dolor. Y si lo haces en automático, ese dolor no desaparece— se reparte: lo carga quien se va, quien se queda… y también tú.
El dolor
"Soy una mala persona por hacer esto"
El narcisismo
"Yo tengo el control, esto no me afecta"
Ambos esconden lo mismo: la incomodidad de afectar al otro. De causar dolor y sufrimiento. Para no sentirlo, aparece la salida fácil: volverse "profesional". Frío. Técnico. Distante.
Pero un despido no es un trámite neutro. Mueve poder, responsabilidad, vulnerabilidad.
Cuando despedir se vuelve una prueba de poder
Despedir puede activar fantasías peligrosas:
- •"Ahora sí sabrán quién manda."
- •"Quien no rinde, se va."
- •"Yo tengo el control."
Pero liderar no es tener el poder de eliminar. Es sostener vínculos— incluso cuando toca cerrarlos.
El líder narcisista se cree invulnerable, dueño de la verdad. Usa el despido como demostración de poder. Pero nadie está exento. Hoy estás tú en ese lugar. Mañana puede ser al revés.
Aceptar tu vulnerabilidad no te quita autoridad. Te hace más humano. Más capaz de conectar.
No todo fue su culpa: lo que un despido también dice de ti
Aunque la decisión ya esté tomada, pregúntate:
- •¿Qué dice este despido sobre mi equipo?
- •¿Se comunicaron las expectativas?
- •¿Hubo errores de liderazgo, falta de apoyo, problemas de comunicación?
- •¿Qué pude haber hecho distinto yo… o la empresa?
- •¿Era un ambiente donde se podía crecer?
Un despido nunca es un hecho aislado. Es un síntoma. De algo que ya no está funcionando en la dinámica del equipo o en la cultura de la organización. Si no aprendes de él, el problema se repetirá.
También se queda el duelo
Respeto por quien se va. Por el equipo que se queda. Por la empresa. Por ti.
El duelo no es solo de quien se va. También lo viven quienes formaban parte del vínculo. Si no se elabora, se estanca y se convierte en cinismo, miedo o desconfianza.
Liderar no es mandar.
Es cuidar.
Lo difícil no es despedir. Es quedarse a sostener la reacción del otro.
Lágrimas. Rabia. Silencio. Gritos. Chantaje emocional. Todo eso puede pasar. Y hay que estar listos. No para defenderse, sino para sostener.
No se trata de tener todas las respuestas ni de arreglar nada. Se trata de abrir un espacio donde el otro pueda sentir y hablar. Sin juicios ni apuros. Solo sostener su singularidad y su dolor. Eso toca en el respeto a la persona y al profesional que dedicó su tiempo y su energía a la empresa.
"Sé que esto te afecta. Y aquí estoy, aunque sea difícil."
Una frase mínima, pero enorme: reconocer al otro.
Y los que se quedan, ¿qué hacen con lo que sienten?
Cuando alguien es despedido, el impacto no queda solo en esa persona. El equipo también lo vive. Si no se dice nada, lo que aparece no es claridad. Es ansiedad.
"¿Seré el próximo?", "¿Qué hice mal?", "¿Ya no puedo confiar en nadie?"
Y también aparece una fantasía igual de peligrosa: creer que todo lo malo se fue con quien salió. Esa ilusión puede generar una falsa euforia, como si el sistema se hubiera "limpiado" mágicamente. Pero es solo una defensa para no pensar lo que duele.
Para evitar estas fantasías, el equipo necesita certezas básicas:
- Da un mensaje claro:
"Hubo una decisión difícil. Esto tiene impacto. Seguimos aquí, y vamos a sostener."
- Abre espacio para preguntas:
¿Qué cambia ahora? ¿Cómo nos organizamos?
Cuando un líder entiende el impacto de la pérdida, la confianza no desaparece. Se refuerza.
Cerrar bien también es parte de liderar
Muchas empresas cortan correos de inmediato, restringen accesos, evitan despedidas. Puede tener sentido en lo operativo. Pero psicológicamente, deja la experiencia colgada. Sin cierre. Sin sentido.
Un despido es una especie de muerte dentro del mundo laboral. Y como toda muerte, necesita un ritual. Cuando alguien se va sin palabra, sin explicación, lo que queda es confusión, vergüenza, resentimiento. Eso también se siente en el equipo.
Si es posible, permite un cierre digno. Un mensaje claro. Un espacio de despedida.
Si no se puede, ofrece un marco. Un mensaje institucional. Una comunicación transparente.
Y tú, ¿cómo quieres hacerlo?
Despedir a alguien no te hace malo. Pero cómo lo haces sí habla de ti.
El trabajo no es solo productividad. Es vínculo, deseo, subjetividad. Cada despido pone eso en juego. Un despido mal manejado no solo afecta al que se va. Puede dejar heridas en todos los que se quedan.
Porque entre despedir y borrar a alguien… hay una gran diferencia.
Y si sigues creyendo que tiene que ser rápido y frío, solo estás repitiendo el dolor sin pensarlo. ¿De verdad quieres cargar con eso?



