SIN GAFETE
EL TRABAJO TAMBIÉN SE PUEDE ANALIZAR.

Te corrieron, pero ¿por qué duele tanto?

Un despido nunca es solo laboral. Remueve inseguridades, activa heridas viejas, toca lugares que ni sabíamos que estaban tan frágiles.

schedule6 MIN DE LECTURALIDERAZGO
Te corrieron, pero ¿por qué duele tanto?

Casi todos hemos pasado por esto. O nos despidieron. O tuvimos que despedir. O acompañamos a alguien que lo vivió.

Y casi siempre se repite el mismo libreto: Recursos Humanos manda el correo. El jefe ensaya lo que va a decir. La reunión dura diez minutos. Y a otra cosa. Pero... ¿de verdad funciona así?

Ese guion "limpio y profesional" parece correcto. Pero muchas veces solo sirve para no mirar lo que se está rompiendo. Porque un despido no es un trámite. Es un corte. Y duele.

¿Y si esa famosa "objetividad" no fuera más que un disfraz para evitar sentir? ¿Y si hablar poco, hacer rápido y seguir como si nada fuera justo lo que deja la herida abierta?

¿Querías evitar el drama?
Terminaste generando trauma silencioso.

¿De verdad es eficiente? Cada vez que alguien es despedido sin espacio, sin palabra, sin sentido, algo se rompe también en quien se queda. En el equipo. En la cultura. En la confianza.

Porque un despido nunca es solo laboral. Remueve inseguridades, activa heridas viejas, toca lugares que ni sabíamos que estaban tan frágiles.

Y si no lo pensamos, se queda flotando. Como un nudo que nadie desató.

Si te despidieron: ¿por qué duele tanto? Rechazo. Vergüenza. Coraje. Desvalorización. Sensación de vacío.

No es exageración. No es drama. Es real. Es emocional. Y tiene sentido.

Dos cosas hacen que el golpe duela más

La herida en el ego

Desde niños creemos (y necesitamos creer) que somos importantes. Que ocupamos un lugar. Que valemos.

El trabajo muchas veces refuerza esa idea: nos da identidad, reconocimiento, estructura. Nos hace sentir alguien.

Por eso, cuando nos despiden, sentimos que ya no somos nadie. Que algo en nosotros se rompió.

Y no, no es solo el puesto o el sueldo. Es la imagen que teníamos de nosotros mismos. Y la idea de que todo estaba bajo control.

Lo que se rompe con el otro

En el trabajo también armamos vínculos. No solo relaciones laborales: afectos, rutinas, lealtades. A veces el jefe representa más de lo que creemos. A veces la empresa se vuelve una especie de familia.

Cuando nos despiden, se rompe algo que no es solo contractual. Se rompe algo emocional, simbólico.

No se va solo el ingreso. Se va el lugar donde eras reconocido, donde sabías moverte, donde incluso te sentías querido.

Por eso se siente como traición. O abandono. Aunque "solo" sea trabajo.

Y si encima todo es frío, sin explicación ni contención, la herida se vuelve más difícil de cerrar. Porque no solo perdiste un puesto: se rompió un lazo. Y eso también necesita duelo.

Cuando la rabia pide venganza

Después del golpe, es normal imaginar venganza. Que se den cuenta. Que pierdan. Que sufran como uno.

Y sí, esa fantasía tiene lógica: cuando algo nos duele, buscamos a quién culpar. Y lo ponemos todo en el otro. "El malo fue él". "Yo soy el bueno".

Pero esa forma de ver las cosas no ayuda. Nos atrapa en un lugar sin salida.

Porque nadie es solo víctima o solo verdugo. Y mientras no podamos ver que todos tenemos partes buenas y partes feas, la historia no se elabora. Se repite.

Salir del blanco o negro no es justificar. Es poder integrar. Y al integrar, soltar.

La vergüenza: eso que no se dice (pero pesa)

Vergüenza de decirlo. De que se enteren. De "haber fallado".

A veces esa vergüenza duele más que el propio despido. Te hace esconderte. O actuar como si nada. O exagerar para compensar.

¿Pero vergüenza de qué? ¿De no ser perfecto? ¿De que tu historia no sea lineal?

La vergüenza aparece cuando sentimos que decepcionamos a alguien —o a nosotros mismos.

Y se alimenta del silencio.

Duelo: lo que sí ayuda (aunque duela)

Un despido es una pérdida. Y como toda pérdida, necesita ser pensada, sentida, elaborada.

¿Y qué es lo que se pierde? Más de lo que parece.

Se va el cargo. Sí. Pero también: la rutina, los compañeros de todos los días, el grupo de WhatsApp, el estatus, por mínimo que fuera.

Todo eso arma tu identidad. Y cuando se cae, hay que volver a armarse.

¿Quieres empezar a elaborarlo? Prueba esto:

  • Ponerle nombre al dolor.

    ¿Qué fue lo que más te dolió? ¿Qué parte tuya estaba muy invertida ahí?

  • No caer en la culpa automática.

    Que te hayan despedido no significa que no sirves. No siempre es justo. Y aun si hubo errores, no te definen.

  • Buscar con quién hablar en serio.

    No todo el mundo puede escuchar. Pero cuando encuentras a alguien que sí, y que no juzga, se abre otra cosa. Porque lo que se dice ya no pesa igual. Y lo que se nombra, se empieza a soltar.

  • Darte tiempo.

    No hay una fecha para "superar". Hay procesos. El tuyo tiene su ritmo. Acompáñalo.

Te echaron, pero no te borraron

Un despido es un final. Pero no tiene por qué ser un apagón. Duele, sí. Sobre todo cuando todo se hace rápido, sin palabras, como si no importaras.

Pero sí importas.

Y mientras no puedas entender qué pasó —y qué movió en ti—, el cierre no llega. Se queda abierto. Confuso. Pegado.

El psicoanálisis no está para decirte que todo pasa. Está para ayudarte a pensar lo que te pasó. Y eso, aunque duela, libera.

Porque entre que te echen y que te borren… hay una gran diferencia.
Y lo que te salva no es olvidarlo. Es poder pensarlo.

Si esto te movió, no lo tapes. Hablar, escribir, pensar: lo que sea que te saque del silencio, ya es un primer paso.

Ahora que sabes todo esto, ¿qué vas a hacer con lo que te movió?

Daniel Alencar

Daniel Alencar

Soy Daniel Alencar, psicoanalista en Ciudad de México. Conozco el lenguaje corporativo porque lo viví desde adentro. Hoy acompaño a quienes los problemas del trabajo ya no explican lo que sienten

AGENDA TU SESIÓNarrow_forward

© 2026 SIN GAFETE. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.