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EL TRABAJO TAMBIÉN SE PUEDE ANALIZAR.

Seguí mi pasión. Y no me pagó la renta.

Este artículo nace de una desilusión con el mundo del trabajo. Esa sensación compartida de que el futuro que nos prometieron no llegó.

schedule7 MIN DE LECTURAIDENTIDAD
Seguí mi pasión. Y no me pagó la renta.

Este artículo nace de dos cosas. Un mensaje que me tocó —alguien que leyó uno de mis textos y me escribió: "Me despidieron. Tengo una familia. Y por primera vez sentí que esta industria no es para siempre. Necesito un plan B."

Y un post que vi hace poco, sobre la desilusión de las generaciones X y millennial con el mundo del trabajo. Esa sensación compartida de que el futuro que nos prometieron no llegó: ni la casa propia, ni la estabilidad, ni el sentido profundo que supuestamente íbamos a encontrar en oficinas con futbolito y cerveza.

Pero también hay algo más. Esta reflexión ocurre en un lugar donde la incertidumbre no es solo emocional: es estructural. En Latinoamérica, el mercado laboral es más frágil, la informalidad más común y el margen de error, mucho más estrecho.

Por eso, hablar del trabajo es hablar de mucho más: del yo, del deseo, del miedo, del futuro, de lo que duele y de lo que todavía podemos construir.

El trabajo es nuestro sostén psíquico

No solo da dinero. Da estructura, ritmo, reconocimiento. Es una de las formas más poderosas de organización del nosotros mismos en relación con los otros. El trabajo estructura cómo nos vemos y cómo queremos ser vistos: sostiene una imagen ideal de nosotros mismos —la de alguien útil, competente, valioso.

Parte de nuestra identidad está construida sobre lo que hacemos. Nos presentamos diciendo "soy diseñador", "soy programador", "soy gerente". Y cuando ese rol se cae, tambalea también cómo nos vemos a nosotros mismos. Por eso, cuando alguien pierde el trabajo, no solo pierde ingresos: también pierde una parte de su narrativa personal. El golpe es simbólico y emocional.

Pero el error es pensar que somos solo eso. También somos padres, hermanos, amigos, fanáticos del cine, cocineros de domingo. Ampliar esa mirada no es evasión, es una forma de recuperar partes olvidadas de nuestra subjetividad. Porque si todo está puesto en un solo rol, la caída se vuelve total.

Freud y Enriquez

Freud ya lo decía: el trabajo es una vía de sublimación. Canalizamos ahí parte de nuestra energía psíquica, transformamos pulsiones en algo socialmente aceptado. Pero también, como señalaba Enriquez, el trabajo actúa como encuadre simbólico: estructura el tiempo, da sentido a los días, sostiene la identidad. Sin eso, muchos se sienten flotando.

Y hay otro punto clave: el trabajo puede ser fuente de salud mental, siempre que haya reconocimiento. Si lo que hacemos es visto, valorado y tiene sentido, nos fortalece. Si ese lazo se rompe, aparece el malestar. Lo que duele no es solo trabajar mucho: es trabajar sin sentido, sin eco, sin lugar.

El trabajo sostiene, pero no alcanza para sostenernos por completo. Y quizá ese sea el primer paso: reconocer su importancia —y también sus límites.

La promesa rota: lo que nos dijeron y lo que fue

Estudia, trabaja duro, sigue tu pasión. Nos prometieron sentido, estabilidad, crecimiento y una vida mejor que la de nuestros padres. Nos dijeron que no teníamos que pasar 20 años en el mismo trabajo. Que ahora podíamos ser libres, dedicarnos a lo que nos apasiona, y que eventualmente eso iba a ser recompensado.

Nos vendieron cultura empresarial como si fuera comunidad. Propósito como si fuera pertenencia. Y emoción como si fuera sostén. La ilusión era tentadora: ser tú mismo, pero con sueldo. Hacer lo que amas, y que te paguen por eso.

Pero esa supuesta libertad vino con condiciones invisibles: metas sin fin, flexibilidad sin red, responsabilidad total del lado del individuo. Si no lo logras, es porque "no lo deseas lo suficiente".

Aquí opera algo más profundo: una voz interna que no se calla, que exige sin parar, que empuja siempre a hacer más. No se trata solo de presión externa, sino de algo cultural que hemos internalizado. Uno que castiga incluso cuando cumplimos. Uno que transforma cualquier pausa en culpa, cualquier límite en fracaso. Esa es la autoexplotación: cuando la exigencia ya no necesita jefe.

El resultado fue otro. Exigencia. Autoexplotación. Sueldos que no alcanzan. Desgaste. Ansiedad. Y una sensación constante de estar fallando, incluso cuando haces todo bien.

Porque seguir la pasión no solo no garantizó el estilo de vida que esperábamos —también nos dejó más frágiles ante los cambios.

Nos movimos con entusiasmo, pero sin garantías. Y ahí es donde duele: cuando la promesa no se cumple, pero igual nos culpamos a nosotros por haberla creído.

Cada generación carga lo suyo (y esta es la nuestra)

No se trata de idealizar el pasado. Las generaciones anteriores también vivieron sus crisis. Lo que cambia es el tipo de promesa y el tipo de ruptura. Hoy el conflicto está en esa sensación de haber hecho todo "bien" y que igual no alcanza. Ahí nace la angustia.

Y también una tentación: quedarse en la crítica. Criticar la generación, el mercado, la economía. Y sí, la crítica es necesaria —pero no suficiente. Si no se convierte en acción, se vuelve una trampa. Una forma de postergar decisiones difíciles y de cederle al contexto el poder de decidir por uno.

Soportar la incertidumbre (porque vivir es eso)

No hay garantías. El trabajo nunca fue una certeza, aunque antes lo pareciera. Y quizás nunca lo fue, solo que ahora lo vemos más claro.

El psicoanálisis no ofrece soluciones rápidas, pero sí una invitación: hacer espacio para pensar. Aceptar que la falta de control total —la castración, diría el psicoanálisis— no es un error del sistema, sino parte de lo que somos como sujetos. No todo se puede planear. No todo se puede controlar.

Hacerse cargo no significa tener todas las respuestas. Significa no quedarse en la espera. Y entender que una vida más viva no vendrá del contexto: vendrá de lo que uno decide hacer con lo que hay.

Pero también hay que decirlo con claridad: pensar no resuelve el estrés de fin de mes. Reflexionar no paga la renta. Esa angustia es real y urgente. Por eso es importante no oponer lo práctico a lo subjetivo, sino integrarlos. La reflexión no reemplaza la acción: la orienta. Porque cuando todo tiembla, necesitamos hacer —pero también necesitamos saber desde dónde hacemos.

De la crítica al movimiento

No se trata solo de señalar lo que no fue, sino de preguntarse: ¿qué quiero yo hoy que el trabajo sea para mí? ¿Qué lugar quiero que ocupe? ¿Qué puedo construir, incluso en medio de la incertidumbre?

Desarrollar un plan B no es protegerse del despido. Es tener una vida más plena. Una donde el trabajo importa, pero no lo es todo. Una donde podamos sostener más de una identidad, abrir más de una posibilidad, y no reducir la vida entera a un solo rol laboral.

Ese plan B empieza con tres movimientos: reflexionar, probar, compartir. No para encontrar certezas, sino para ensanchar la vida. No para escapar del mundo real, sino para habitarlo con más recursos internos y externos.

No hay un manual para esto. Y tampoco hay respuestas universales. Solo hay preguntas que se nos imponen con fuerza: ¿Qué lugar quiero que el trabajo tenga en mi vida? ¿Dónde está mi deseo, más allá del miedo? ¿Y qué puedo construir con lo que sí hay —aunque no sea perfecto?

Seguir la pasión no me pagó la renta. Pero tampoco quiero vivir desconectado de lo que me importa. Así que hoy elijo otro camino: ni idealizar, ni resignarme. Pensar. Probar. Compartir. Y, sobre todo, hacerme cargo.

Daniel Alencar

Daniel Alencar

Soy Daniel Alencar, psicoanalista en Ciudad de México. Conozco el lenguaje corporativo porque lo viví desde adentro. Hoy acompaño a quienes los problemas del trabajo ya no explican lo que sienten

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